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29 de abril de 2026Por Martín Ferreira Pinto @tinchoferreirapinto
La reaparición de la fiebre aftosa en Grecia, tras más de dos décadas sin registros, encendió una señal de alerta en toda Europa y vuelve a poner sobre la mesa un tema que, lejos de ser parte del pasado, sigue siendo una amenaza latente para los sistemas productivos modernos.
El brote, detectado inicialmente en la isla de Lesbos a mediados de marzo, evolucionó rápidamente de un foco puntual a una situación de crisis sanitaria. Las autoridades confirmaron decenas de focos activos y la necesidad de sacrificar miles de animales, si bien en vacunos la presencia de la enfermedad es reducida, los focos se concentran principalmente en ovinos y caprinos, pilares de la producción lechera local y de productos emblemáticos como el queso feta.
El impacto económico no tardó en hacerse sentir. Las pérdidas ya se estiman en varios millones de euros, en un escenario donde no solo los establecimientos afectados sufren las consecuencias directas, sino también aquellos que, sin registrar la enfermedad, enfrentan restricciones severas para mover hacienda, comercializar leche o sostener el normal funcionamiento de la cadena productiva.
Como es habitual en este tipo de episodios, el protocolo sanitario aplicado fue inmediato y contundente: sacrificio sanitario, delimitación de zonas y controles estrictos. Sin embargo, estas medidas, imprescindibles desde el punto de vista epidemiológico, generaron un creciente malestar entre los productores, que reclaman compensaciones adecuadas ante pérdidas que, en muchos casos, comprometen la viabilidad de sus sistemas.
La respuesta de la Unión Europea no se hizo esperar. Se activaron mecanismos de emergencia que incluyen restricciones al movimiento de animales y productos, refuerzo de controles sanitarios y coordinación entre países para evitar la diseminación del virus. El objetivo es claro: contener un brote que, de expandirse, podría tener consecuencias de gran escala para la ganadería europea.
El episodio deja en evidencia una realidad incuestionable: la fiebre aftosa sigue siendo una de las enfermedades más disruptivas para la producción pecuaria a nivel global. Su alta capacidad de contagio, sumada a las exigencias sanitarias de los mercados internacionales, convierte cada foco en un problema que trasciende fronteras y compromete no solo la producción, sino también el comercio y la estabilidad de los sistemas agroalimentarios.
Para países como el nuestro, con fuerte perfil exportador y un estatus sanitario reconocido a nivel internacional, lo en ocurre en Grecia representa mucho más que una noticia internacional. Es de carácter de estado la necesidad de sostener y fortalecer de forma permanente los sistemas de vigilancia, control y respuesta sanitaria.
La propia historia y la experiencia internacional muestra que ningún país está completamente a salvo. Y que, frente a enfermedades de este tipo, la prevención, la rapidez de acción y la confianza en las instituciones sanitarias son factores determinantes para mitigar impactos que, de otra forma, pueden resultar devastadores.
Foto: Motivar





